Despertaste envuelto en un manto de pétalos negros. Caían sobre tu piel como restos de un duelo sin fin. Los apartaste con un gesto brusco y te levantaste, con la sensación de que cada movimiento arrastraba consigo un presagio. Tras la ventana, figuras encorvadas devoraban en silencio sobre las mesas de comida, sombras hambrientas incapaces de alzar la vista. No era tan tarde; lo sabías. Habías aceptado hablar con Paimón, y habías jurado soportar cualquier castigo que te impusiera.
Cruzaste la ciénaga, lenta y viscosa, hasta llegar a la catedral. El portón, apenas entreabierto, dejaba escapar la voz grave de Abalám, que resonaba como trueno en el Pandemónium:
—Ese insolente debe ser sometido. No podemos tolerar que desafíe a su antojo el orden de las cenizas.
Empujaste la puerta. El crujido del suelo anunció tu llegada, y todos los ojos negros se volvieron hacia ti. Arioc y Azlat te interceptaron con urgencia.
—¿Dónde estabas? ¿En qué demonios pensabas? —clamaron.
—Cruzaba el Aqueronte —respondiste, con la presión del silencio pesando sobre tus palabras.
—Te buscamos por todas partes —mintió Behemont.
—Dahaka sabía dónde estaba —replicaste, mirando fijo a sus pupilas turbias.
Los cuernos se volvieron hacia él, célebre por su astucia. Dahaka se defendió:
—Te busqué con Caronte en todo el río. No hubo rastro.
—Estaba en la orilla, junto a los árboles negros —dijiste, harto de justificaciones, encendido por la rabia de aquella jerarquía ciega.
Asmodeus lo percibió. Te aferró de los cuernos y rugió con fiereza:
—¿Qué hacemos con él? Ningún ser ha osado lo que tú: cruzar dos veces el Aqueronte, volver de la vida y regresar con un corazón.
Azazel, condescendiente, habló con voz templada:
—Y sin embargo, ese corazón no es más que un corazón roto.
Asmodeus replicó, con furia creciente:
—¡Con más razón! Nadie se ha atrevido a desafiar las leyes de las cenizas y doblegar a la muerte.
Entonces Paimón, con la severidad de un juez inmutable, sentenció:
—Colgadlo ante las puertas de Hinnom, que todos sepan que por mucho que alguien quiera un corazón, por mucho que intenten tener lo que su miserable existencia le niega, si no lo impedimos nosotros, otros en la vida lo harán. Recordad que no hacen falta cuernos para ser un demonio.
El consejo se disolvió. Los demonios marcharon hacia el festín de media tarde, celebrando tu destino con carcajadas.
—Camina —ordenó Astaroth, apresándote del brazo.
Lo apartaste con violencia. Entre el bullicio, tu voz se quebró en un susurro:
—Solo quería sentir de nuevo ese dolor.
Y así te colgaron en lo alto de las puertas del Inframundo. Cadenas atravesaban tu carne; un hueco abierto en el costado derecho proclamaba la ausencia del corazón que te habían arrebatado. Antorchas ardían en tus cuernos, iluminando el cartel sobre tu cabeza:
"Quien ose reclamar un corazón, entero o destrozado, sufrirá la misma sentencia."
Pero esa noche, bajo la lluvia ácida, alguien borró las palabras y, con sangre negra, escribió:
"Aquel que ansiaba un corazón retornará para reclamar estas tierras, pues no hay mayor dolor que morir con un corazón roto. Aquí reposa Satanás."