Vamos a
tomarnos un minuto de silencio por todas las cosas que no pudieron ser.
Por los
libros que no pudieron escribirse y por las batallas que terminaron en derrota.
Por las sonrisas que no se cobran y las voces retumbando en una habitación
rota.
Por las noches donde la Luna nos acunaba, por
los días en que el Sol nos acompañaba.
Por las
canciones significativas que dejamos de escuchar por temor a recordar.
Por el tiempo traicionero que nos
agota minuto tras minuto, segundo tras segundo.
Por el acero de las bombas
depositadas en las grietas sangrantes de este nuestro mundo.
Por los
daños causados y las heridas cicatrizadas. Por los archivos condenados a la
hoguera y por las páginas bíblicas de nuestra propia vida guardadas en primavera.
Por las
carcajadas que murieron mientras iban in crescendo. Por las lágrimas que
causaba mientras me estaba yendo.
Por las miradas que se archivaron y rogaron no
volverse a sacar. Por las personas que sin llegar ya se empiezan a marchar.
Por las manos que se ensuciaron por cambiar el
rumbo del angosto destino. Y por las balas ingratas que recibieron por un cruel
asesino.
Por la
nostalgia de los años sellados. Por la incertidumbre de un incauto futuro
sucesivo a un duro pasado.
Por las
personas que dejamos ir haciendo que por sí solas comenzaran a vivir.
Por aquellas otras que no
despedimos cuando era su hora de marcharse. Sabiendo que aun queriendo serían imposible
de olvidarse.
Por los
sueños y pasiones que mató el sistema.
Haciendo resurgir en nosotros un fiel
dilema.
Por la
utopía buscada y no encontrada.
Por los sueños y metas escondidos bajo la
almohada.
Por todas
estas cosas y muchas más.
Porque yo,
soy yo, y nadie más.