lunes, 22 de agosto de 2022

Atardecer de engranajes

Aparte de la alarma de abrir los ojos todas las mañanas, y su necesitado alargue de cinco minutos más, tengo otra alarma que nunca quito. La alarma de la hora en la que el Sol se esfuma no sin antes dejar la última ráfaga de día.

Intento no perdermelo, ya que nunca sabré si mañana lloverá. Es el único sitio del mundo en el que me he sentido real e invencible, saltando, sonriendo, gritando... aún viéndolo en uno de los peores días de mi vida, o incluso habiendo perdido a alguien, de la forma que sea. Quizás esa es la magia.

No sé por qué el hecho de verlo, mirarlo y respirarlo hace que en parte me sienta mejor, me sienta liberado, menos pesado, más orgulloso de mí mismo y al mismo tiempo más calmado. Por qué aunque lo adoro en todos mis estados, siento la necesidad de hacerlo en los momentos que menos se disfruta, cuando todo se me viene encima, cuando las paredes me aplastan, cuando el recuerdo me abruma.

O quizás sí lo sé. Y lo más triste de todo es que lo que necesito ni se compra ni se mendiga.

miércoles, 17 de agosto de 2022

La bella inundación

Me he pasado toda la mañana recogiendo agua del salón. No es que haya roto ninguna tubería, ni tampoco que la lavadora se haya rebelado por los trapos sucios de estos años de vida.

Es que desde que me he ido, no deja de llover en casa. Sé que es muy jodido aliñar una ensalada con un paraguas en la mano, o aguantar cada mañana llamadas de los vecinos quejándose de que he dejado goteras.

Me hago una idea del estrés que es estar en el no-estar. De como uno debe zambullirse bajo el agua para poder abrir el grifo y conseguir prepararse un café, o despertar sudando de madrugada cayendo en cuenta de que se ha olvidado regar las plantas hundidas.

Me han contado que también se han afianzado nubes de tormenta encima de mis armarios, renegándose a irse, determinadas a estallar mi cuarto desde que me fui.

Y sé que brillé llevándome el Sol aquél día cuando di un portazo a la puerta. Pero que me maldigan si no dejé la Luna llena dentro de ese lugar, iluminando todo excepto los rincones mas oscuros y recónditos de mi casa, donde residen mis recuerdos, mi desidia y las personas que dejé atrás.

¿Te sorprende que dejara la Luna allí y me marchara? Bueno, lo mío con la Luna siempre ha sido como los lobos. El aullarla por la noche cuando nadie me ve es lo que me hace sentir.

Pero y si, en mitad de una noche incierta, ¿quiero o necesito volver? Con cerrojos de ira bloqueé las ventanas. Con duros tablones de melancolía atranqué las puertas. Hasta con un armario lleno de añoranza obstruí el balcón.

Me he ido y es el fin. Las gotas apagan los cigarros y destrozan el vermú mañanero. El techo reside gris, y ya no sé si es lluvia o llanto. Lo único que sé es que han crecido raíces en el pasillo. Que uno se puede deslizar por las cascadas escaleras abajo, que la cocina está llena de sin sentidos. Y que en el baño lo único intacto que queda es el espejo, lleno de 26 años de una cara desencajada.

Ahora me encuentro con un camino maltrecho y unas huellas que no son las mías. Pero está bien. Muy bien de hecho. Así es la vida, y en la vida las cosas pasan. Me voy y me iré. Me largo donde quiera que me lleve esta historia. Pero... sólo un favor.

Cuando arregléis mi lluvia y el llanto. Cuando descubráis mis esquinas. Cuando limpiéis mi cocina y podéis mi pasillo... Al menos, sólo al menos, dejad mis estrellas encendidas.