martes, 12 de noviembre de 2019

The palace of an idiot

23 años y 6 meses y sigo resignándome a no saber cómo andar sin tropezar. Tantos años para seguir enredado en mis auriculares al son de Johnny Cash, despeinado por vocación e impaciente por obsesión. Tantos minutos de vida y sigo sin aceptar cómo es el mundo que me rodea, y mucho menos lo que rodea mi pequeño mundo.

No os preocupéis, porque sé muchas cosas preocupantes. Sé que las verdades duelen hasta aceptarlas pero una mentira duele para siempre. Sé que por más que pegue puñetazos al reloj éste no va a dar marcha atrás porque un idiota patalee.

Y sé que no miro atrás, porque no se puede disfrutar del paisaje en una sola mirada.

No os asustéis, también tengo cosas buenas. Mi hombro es un sitio perfecto para llorar y mis oidos un templo para escuchar. Hago unas tostadas de muerte y mi tejado es un sitio ideal. El caso es que eso no quita que mis ojos sean una autopista sin final y mi boca la sinfonía del gritar.

Desde que alguien descubrió el abismo de mis paisajes interiores ya no enseño mis recovecos. Así que ya sólo subo al tejado a contarle a la luna las verdades y mentiras que mi alter ego me grita desde la autovía que lleva a la catedral de mi orquesta final.

No hay comentarios:

Publicar un comentario