Aparte de la alarma de abrir los ojos todas las mañanas, y su necesitado alargue de cinco minutos más, tengo otra alarma que nunca quito. La alarma de la hora en la que el Sol se esfuma no sin antes dejar la última ráfaga de día.
Intento no perdermelo, ya que nunca sabré si mañana lloverá. Es el único sitio del mundo en el que me he sentido real e invencible, saltando, sonriendo, gritando... aún viéndolo en uno de los peores días de mi vida, o incluso habiendo perdido a alguien, de la forma que sea. Quizás esa es la magia.
No sé por qué el hecho de verlo, mirarlo y respirarlo hace que en parte me sienta mejor, me sienta liberado, menos pesado, más orgulloso de mí mismo y al mismo tiempo más calmado. Por qué aunque lo adoro en todos mis estados, siento la necesidad de hacerlo en los momentos que menos se disfruta, cuando todo se me viene encima, cuando las paredes me aplastan, cuando el recuerdo me abruma.
O quizás sí lo sé. Y lo más triste de todo es que lo que necesito ni se compra ni se mendiga.
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