Somos de los que sobran, aquellos inadaptados que no encajan en ningún lugar, que no encajan en el mundo, que nos gusta comernos la cabeza y el corazón y plasmarlo en tinta. Escupir el alma en prosa, en alardeo. Mucho de ello son gritos de ayuda, de odio, de desesperación. A veces incluso soledad, y no os creáis, muchas otras de euforia. Quizás somos los que sobran y buscan ser comprendidos por aquellos que sienten como nosotros.
¿A quién no le gusta un atardecer? A todos. Pero, ¿Quién lo funde entre preguntas y directrices inconcluyentes sobre la vida? ¿Quién lo aprovecha de verdad?
Somos seres irracionales, adictos a los pequeños momentos, seres frívolos, hechos de una exasperante mezcla de rabia y amor.
Somos de ese tipo de personas que cuando están al borde de sí mismos no pensarán que caerán, sino que abrazarán ese último baile con el filo del abismo. Y cuando nuestro último aliento llegue escupirá un ligero, "aquí no hemos venido a sufrir". Entonces tomaremos un par de hojas de laurel y una tinta efímera y marcharemos hacia la próxima estrofa con una sonrisa de oreja a oreja, impacientes de saber lo que va a ocurrir.
Somos aquellos que no dejarán huella en este mundo, pero si dejaremos huella en el nuestro, porque sin quererlo, hemos creado un ámbito, un ámbito nuestro, de esperpentos, de callejeros, de la impregna minoría, de los de "rage and love", un lugar donde miras al cielo no para temer por la lluvia, sino para dejar los paraguas en casa. Para sentirte gigante en ti y minúsculo en ellos.
Somos simples, fáciles entre nosotros, impredecibles ante ellos. Mala influencia para los niños, terroristas sentimentales, somos aquellos que necesitan malas costumbres, corazones magullados y almas de suave tacto. Los que suenan a estruendo y metralla, los que aman morder el polvo.
Somos esa calaña de versos que nadie leerá jamás, a menos que estemos tachados. Somos los protagonistas de las tragicomedias, los que el Alfa y el Omega se les quedó frío. Los que se defienden de la vida con la Égida.
No somos más que un alma cándida moribunda esperando a que algo la haga renacer. Y florecer imperfectos, hasta que el mundo deje de ser mundo.
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