Desciendo bajo la luz consagrándome a las llamas de cabeza al infierno. Un infierno gélido. Estoy boca abajo de lo divino queriendo dejarme caer. El diablo me intenta alcanzar con una risa burlona. A estas alturas yo abro los brazos y me tiro hacia él.
Explota en mi frío pecho una bomba de relojería que me vacía por dentro y nuestros brazos se ramifican. Su mirada tibia se clava en mis pupilas, las llamas cubren todo mi cuerpo y el hielo al que debía mantenerme fiel, se deshace. Gotas congeladas caen del hueco izquierdo de mi pecho y se evaporan al caer.
Me encuentro en medio de dos mundos y de ninguno quiero salir, caminando por el fulcro de una balanza, buscando que algo se apodere de mi o yo apoderarme del resto. La posesión de algo que no es mío y nunca fue para mí.
La mayor droga que hay para el ser humano es otro ser humano.
Me vuelvo adicto a los besos de toda Judas que me quita la ropa, me vuelvo adicto a las mentiras suaves de algodón, a ser o a sentir que existo, y luego quemarme para al final del camino, congelarme.
Y cuando al final me dejo caer del todo, algo me agarra de los tobillos y me hace volver a mí, a lo que soy. Una partícula en el horizonte de sucesos. Un equilibrista descentrado. Con el abismo susurrándome secretos y envolviéndome como un recuerdo olvidado que se aferra a la esperanza de ser eterno.
Y que al final es eternamente olvidado.
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