Nos mata la indiferencia y el olvido. El no saber quién eres, el saber que
eres indiferente, que no tienes importancia en el mundo en sí, en que en cuanto
unos años pasen, seguirás siendo indiferente aunque seas famoso, es algo
deprimente y a la vez tranquilizante, al ser indiferente nada es tan
importante, no hay que dar importancia a una vida que en un tiempo acabará,
solo ser feliz y dar nuestra vida por los que la merecen y por qué este mundo
sea mejor, más limpio, menos cruel, menos real, ya que lo real es cruel. El
saber que en un tiempo, a las personas que dejes en tu camino, o que se alejen
de ti, estarán en el olvido, igual que tu para ellos, y que los que se van sin
quererlo y están en tu corazón y en tu recuerdo, no se olvidan.
Nos mata el no saber qué decir, el callar cuando debemos hablar. El no usar lo que más desconcierta, daña y hace recapacitar al mundo, la palabra. El no tener el valor de intervenir ante situaciones inhumanas como las que día a día se dan en todos los países del mundo, el permitir que esto pase y callarnos cuando deberíamos callarlos. El ignorar lo que te está pidiendo ayuda a gritos.
Nos matamos nosotros mismos. Es algo que no aprenderemos, poco a poco nos vamos autodestruyéndonos dando a entender que somos de las peores especies existentes en el planeta. El saber que en vez de juntar nuestras fuerzas y caminar hacia el avance, usamos nuestras fuerzas para atacarnos a nosotros mismos, en forma de sangre y destrucción.
Nos matan las palabras hirientes y las puñaladas traperas. El ser fiel a tus principios y reglas y ver como los que más quieres las rompen en tu contra, ver como sigues dando la vida por aquellos que no te darían ni la mano. El seguir escuchando mentiras cuando tu y ellos saben la verdad.
Nos mata el miedo a saber. El no querer adentrarnos en la verdad porque a
veces la verdades duelen demasiado. El no querer aceptar lo evidente, el auto-engañarnos
por miedo a defraudarnos. El miedo a no saber quiénes somos, el miedo a no
saber que seremos, y el miedo a no olvidar lo que fuimos.
Nos mata la ambición y el deseo de poder. Si no eres tu, son ellos. Nos matan a base de mentiras y corrupción. La ambición mata incluso al más fuerte. Es curioso como el deseo de poder irrumpe tanto en una persona que no ha habido ni una, con un poder enorme, que lo haya usado para hacer el bien. Los que han intentado esto no tenían poder como el que hablamos, tenían el poder de la verdad y de la palabra, el de la justicia y el de la razón. Así que gracias Martin Luther King, gracias John Lennon, gracias Abraham Lincoln, gracias Mahatma Gandhi, y que, por casualidad, están todos asesinados por luchar por un mundo mejor…
A veces nos matamos nosotros mismos,
otras veces nos mata la sociedad
Nos hacen eternos las palabras, el orgullo y el decir lo correcto. El uso
de la razón y la justicia, el del saber y el de atreverse a saber. El no dejar
que nadie nos arrebate lo que es nuestro por naturaleza, el luchar con la voz y
con el corazón.
Nos hacen eternos los ideales que dejamos a nuestro paso y los corazones
que nos aman. El saber que dejándolos a nuestro paso, tanto corazones e
ideales, seguimos al filo del cañón con esos ideales reforzados y esos
corazones que nos aman atados a nosotros, por muy en el cielo que estén.
Siempre.
Nos hacen eternos las respuestas que dimos a preguntas que nadie supo contestar y las ideas que propusimos. El arriesgarse por los demás, el luchar contra el mal y ser revolucionarios del bien. El saber que las ideas que proponemos van destinadas al bien de todos y ser mejores personas cada día, cada minuto, cada segundo.
Nos hacen eternos cada paso que damos, cada aliento que respiramos, cada vez que amamos. Y esos pasos dados, esos alientos respirados, y esas maneras de amar, perdurarán eternamente y sellarán tu vida como el camino que escogiste, cada paso y cada respiro es una decisión.
Nos hacen eternos la eternidad y el paso del tiempo. El tiempo pasa, la piel se arruga, los huesos se debilitan y las fuerzas disminuyen, pero en nuestro corazón siempre perdurará lo que fuimos, lo que somos, y lo que seremos, más allá del fin de nuestros días, algo eterno.
Nos hacen eternos las huellas que dejamos, las lágrimas que derramamos, los trabajos que dejamos sin hacer. Las huellas borradas por el tiempo y a la vez las huellas quedando por dejar por el mismo. Las lagrimas de alegría, de tristeza, de rabia, que derramamos en vano deben olvidarse, las lagrimas que derramemos por los que queremos y por los que luchamos deben servir para reforzarnos y hacernos cada vez más fuertes.
Nos hacen eternos los demás. Los que aportan, los he hieren, los que quieren, los que ayudan, los que ignoran, los que sienten, los que padecen… Cada persona te aportará algo nuevo que en tu camino te hará tomar una decisión u otra, hasta llegar al último tramo de carretera de tu vida.
La muerte es la eternidad
de una vida que nos ha ido matando poco a poco.
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