El título lo dice todo. Podría veniros con mi sentido común a hablaros de lo triste que es estar solo y lo mala que es la soledad. Es lo que haría un cualquiera, cualquier persona normal de este mundo. Pero yo tengo la suerte de no ser normal.
Soledad. Palabra que algunos temen, otros anhelan raramente, y otros tenemos. Hablo de la soledad de estar solo, sí, pero no porque no pase tiempo con mi familia, amigos, o novia, en su día. No sé vosotros, pero yo necesito (y sí, digo necesito) estar conmigo mismo la mayoría del tiempo.
No sé como expresarlo. Estando solo soy como realmente soy. No tengo que aparentar, fingir, o simplemente llevar una máscara. Estando sólo no la necesito. No digo que en compañía todos mintamos, pero a distintas situaciones respondemos diferente sólo porque es esa situación la que se está dando. Y no lo veo, real. Lo veo... forzado. Todos esconden quienes son por lo menos una parte del tiempo. A veces entierras esa parte tan profundo, que ni siquiera recuerdas que está ahí. Y algunas veces, solo quieres olvidarte de quien eres realmente.
Todo esto no quiere decir que yo sea alguien malo, ni que esta situación sea mala. Simplemente pienso que la tenemos todos. Siempre que hay gente expectante, por muy sinceros que seamos actuamos de manera diferente... o más reservada, o más abierta, o simplemente, aparentar quien no eres. Siempre he tenido esa sensación y nunca he encontrado una respuesta clara. Nunca sé si soy el único, o si los demás piensan igual.
Las personas suelen ponerse un escudo para que los demás no noten que son vulnerables. Yo también me pongo dicho escudo, pero para que los demás no noten lo poco vulnerable que soy. De alguna manera sería tranquilizante saber que no soy el único en fingir ser normal. Es decir, ninguno de nosotros es quien parecemos ser exactamente por fuera porque debemos mantener las apariencias para sobrevivir. Si lo pensáis, es cierto.
No me considero alguien raro, ni alguien misterioso ni mucho menos. Simplemente alguien confundido, alguien que sabe realizar e interpretar cada papel y busca a alguien que le vea tal y como es. Por mucho que escriba voy a seguir confundido. Sólo puedo deciros amigos, que, escribiendo a solas en mi casa, solo escucho silencio. Es un momento enternecedor, especial, poco dinámico incluso. Soy yo y mis pensamientos. Mis pensamientos y yo. Somos uno. No soy como los demás, y tampoco soy diferente a ellos. Entonces, ¿qué soy?
No soy hombre ni bestia. Soy algo completamente nuevo. Con mis propias reglas.
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