Hay momentos en los que los cupidos caen en depresión. Algunos dicen que vagan por callejones cercanos, y que otros se emborrachan y se van al tejado, a contar las historias que pudieron haber sido escritas con sus flechas. Apoyados en las gárgolas de los edificios, miran al tumulto, señalan y ríen, juegan y apuestan en cada teja sobre la pareja más dispareja. Porque de un paño libre de ataduras todo suele ser posible al pintar.
Esas historias no se pierden, sino que quedan flotando en el aire. El viento se atraganta con estas fábulas, le producen indigestión, más luego las regurgita llenas de todo veneno y las escupe en charcos y paredes agrietadas que acaricia al pasar. Se conoce el fastidio de los vientos cada vez que los cupidos se emborrachan, por eso tratan de evitarlos, se vuelven remolinos cuando captan alguno a distancia, pero a veces son tantos los cupidos que abrazarlos es parte del paisaje.
Los charcos contienen las historias, las disfrutan, les parecen fascinantes aunque desconozcan sus orígenes, o si son reales o solo el invento de una mente perturbada. Pero no pierden oportunidad para imaginar que existen, que laten en el sangrante mundo y que el viento malhumorado les regala aquello que no podrían descubrir por si solos.
Totalmente diferente es el caso de las paredes agrietadas, que casi vencidas por la crueldad de los años y del devenir del mundo, deben soportar el peso de esos desechos adhiriéndose a sus arrugas, que tarde o temprano las llevan a caer. Polvillo y grietas contaminadas de palabras estancadas en las veredas, mezclándose entre el olvido y la sombra.
La gente que pasa, pisa tanto los charcos como lo caído de las paredes, estas se pegan a la suela del zapato y recorren la ciudad dibujando poesía con retazos de lo que no fue. Dichosos los que pueden leer estas letras dispersas, que prácticamente son como laberintos de lo incierto convertidos en libros para degustarse en la eternidad.
Hay cupidos que en sus ratos libres suelen detenerse en alguna nube y admirar esas historias escritas por vaya saber que dotado de tan sabia caligrafía. Hay cupidos que están cansados de seguir los protocolos y cumplir a rajatabla con la letra pequeña de sus misiones para que el orden del mundo siga su "cauce natural", aún cuando las "victimas" pareciera que se encaminan solitas a su propia felicidad.
Hay cupidos que a veces piensan en dejarlo todo, renunciar al cargo y aventurarse en esas leyendas que hablan de poetas rebeldes que guían destinos desde la clandestinidad. Los que lo han intentado jamás han vuelto para confirmarlo, porque una vez arrancadas las alas y devuelto el carcaj, el arco y las flechas malditas, se camuflan en el tumulto y se vuelven invisibles para el mundano mundo. Algunos creen que son los escultores de las historias bonitas que se leen desde los tejados, otros, que son los responsables de la resistencia que oponen ciertas personas a sus disparos o de aquello inesperado que nadie puede explicar y se tacha de "milagro".
Y eso los deprime y se emborrachan frente a lo desconocido, el fastidio de la rutina, de no poder pintar su propio cuadro o por lo menos salirse de vez en cuando del camino y dejar actuar al maldito instinto.
Por eso suelen deprimirse... y cuando un cupido se deprime, todos saben cómo va a terminar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario