domingo, 20 de noviembre de 2022

Sin título ni por qué

A veces, sí. Soy feliz. Normalmente cuando estoy con mis amigos, cuando elevo mis ojos al cielo, ladrando como perros, tapándome la cara mientras lloro de risa con la broma de alguno de mis imbéciles, o simplemente verlos hacer cosas totalmente ridículas. 

Pero no importa que de bien estén las cosas, el día siempre termina en noche, y los hoyuelos de mi tez junto con mi risa tonta torna en una inexplicable y adorable tristeza.

Me tumbo boca arriba pensando en todas las cosas que podría haber dicho y no dije, todas aquellas cosas que aún estoy muy asustado de admitir. Pienso en todo lo que anda o funciona mal en mi vida cuando no estoy distraído por lo que pasa a mi alrededor, lo que cuentan las calles o las caras pálidas en el metro. Pienso en los problemas familiares, en los amores que se han perdido, los amigos que siguen su vida dejando al niño detrás. Pienso en todas las bonitas y buenas cosas que pasan en mi vida y cómo su forma se deforma ante la desidia y el tiempo. Cómo lo profundo nunca me deja solo. Pienso en cómo soy tan feliz y tan triste al mismo tiempo, tímido y extrovertido, querido e ignorado. 

Son en momentos así que me cuestiono mis vivencias vencidas, mi corazón de estación y qué tan bueno es volver a sentir al día siguiente.

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