Tengo ganas.
Muchísimas ganas.
Las tengo, sí, tantas que ni me quedan ganas de tener más.
Hay veces en nuestras vidas que nos sentimos completamente abiertos a sentir todas y cada una de las sensaciones.
Yo nunca he tenido mis puertas abiertas, siempre que ha entrado alguien ha sido colándose por una ventana. Porque, qué acojone, ¿no?
Me da miedo. El abrirse enteramente a alguien es algo que te hace vulnerable, y desde que lo sé llevo una armadura encima que no veas.
Pero con el tiempo la armadura pesa cada vez más, y no entiendes por qué. Supongo que cuando dejas entrar a la persona indicada ella se convierte en tu armadura, y no pesa, porque vuelas.
Claro que siempre que lo pienso digo, buaf, ¿y si no?
Pero hoy tengo ganas.
Mis cicatrices siguen, y cuando uno acepta que van a haber más heridas, comprende que, qué asco. Pero al fin y al cabo vale más la pena el cabo que el fin.
Y tengo ganas de que en vez de rajarme mi piel me la erizen. Agarrar toda esquina y cintura y recorrer la vida. Tampoco hablo enteramente de amor de pareja porque de eso sé de la misa la mitad, o al menos sobre la parte buena, guiño.
Hablo de amar las cosas, amar que te llueva, amar que te duela, amar la realidad y sentir cada una de las experiencias que te llegan gracias a ti.
Por eso mi casa sigue cerrada, pero de vez en cuando abro un poquito más la ventana.
Aposta, haciéndome el loco, a ver si alguien lo ve y entra, cuelga la armadura y me siente.

No hay comentarios:
Publicar un comentario