Mi cartera está a punto de explotar.
Porque es a otro año más al que le he tenido que buscar hueco en mi cartera, y es que o la renuevo, o me detienen por haber vivido tanto.
Y no tantos años de vida, qué va, en ese sentido siempre es poco.
Hablo de años de energía, de experiencias, de sensaciones y de emociones.
Ahí es donde los años pesan más. Y ojalá que rompan mi suelo de lo mucho que pesan.
Viajar da la vida, y a mi me gusta vivir. Creo que he visitado más países que años cumplo. Y es de lo que más me enorgullezco.
A veces he viajado solo, hasta llegar a compartir una Oreo con una ardilla en alguna playa de San Francisco, y he conocido a gente maravillosa de todos los sitios del mundo. Y todos ellos están en mi cartera.
Cartera llena de Vegas, playas paradisíacas, conversaciones estrelladas y noches de chin chin.
Otras veces he viajado con los de siempre, con los que comparto piel. Y bueno, esas historias mejor las guardamos, porque de contarlas, seguramente saltaríamos a la comba con unas cuantas leyes y brindaríamos con algún que otro pecado capital.
Y digo yo, para pecado capital no reír, no patear ciudades, no degustar abrazos, no hablar otros idiomas, no recorrer la vida.
Si yo llego a viejo, quiero tener tantas arrugas como ciudades he sellado y amigos he disfrutado. Pero aún no necesito bastón.
Cartera llena de suela gastadas, piel tostada, miradas de deseo y cervezas de ilusión.
He viajado y sigo lejos de casa, pero siempre vuelvo con los míos, los de siempre, los que nunca fallan y a los que nunca fallaré.
Es el equilibrio perfecto.
Así pues, felicidades a las risas, a los zapatos rotos y a las carteras llenas de años, aventuras y vida.
Por que el año que viene haya más hueco en mi cartera.
Feliz vida.
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